EstuvimoS

Las personas no hacen el viaje, el viaje hace a las personas

Venezuela

 

15/agosto/1990 - Morrocoy, Venezuela. Ya en el quinto país que visitamos. El diez, tal cual pensamos, y sin haber sufrido inconvenientes en el camino, nos presentamos en la aduana de Paraguanchón, Colombia, y en la de Guarero, Venezuela. Al rato, por la mañana, llegamos a Maracaibo. Ciudad que, sabiéndola petrolera, me imaginaba como un desastre. Todo lo contrario. Encontramos una ciudad ordenada, limpia, de amplias avenidas, barrios residenciales con lindos edificios. Sin inconvenientes cambiamos nuestros cheques de viajero y a la vez recorrimos las manzanas más céntricas, con un verdadero gentío. Como en este país no se usan los nombres de las calles, preguntando llegamos al hotel "Caribe" que nos recomendó el SAH. En la puerta luce una estrella aunque le adjudicamos media. La cuestión es que por u$s 6 nos dieron baño privado, aire acondicionado, toallas, jabón, papel higiénico y cucarachas.

Por la tarde recorrimos el centro histórico. Lamentablemente, casi destruido, aunque lo que queda interesante, y en el centro actual. Vimos la casa de la capitulación, donde finalmente los españoles, firmaron su rendición. Los edificios públicos aledaños bonitos y bien cuidados. Cenamos pizza cerca del hotel. Por la mañana del 11 visitamos al mecánico, pues el furgui se había hecho notar el día anterior apagándose en baja. Los expertos venezolanos, usan todo un instrumental electrónico para el diagnóstico. Finalmente resultó que la manguera que lleva el vacío del múltiple al servofreno estaba cortada. Por allí entraba el aire al motor, lo que era, sin duda, la causa de todas las penas sufridas en las alturas. Partimos, con el furgón impetuoso como nunca. Hasta frena como nunca frenó desde que lo compramos. De allí cruzamos el impactante puente del lago Maracaibo, interminable. Oh sorpresa, a las dos horas de marcha el motor comenzó a fallar, esta vez con tirones. Y a los tirones, que por suerte no son permanentes, llegamos a Coro. Coro es una pequeña ciudad con un núcleo colonial bien conservado y bonito. Las casonas muy coloridas, con ventanas de rejas rectas y salientes, enmarcadas con una moldura simple que en la parte inferior suele tener una única columna simulada. Esa noche dormimos en una estación de servicio. El guardia nocturno, que en Colombia hubiera sido un celador, se llama aquí guachimán. El domingo temprano partimos a las playas locales, que resultaron feas, invadidas por casitas en decadencia. No nos gustó el lugar, dimos varias vueltas para encontrar donde dormir, y finalmente lo hicimos en playa El Supí, cerca de un "restaurante". También aquí, como en Colombia, un restaurante playero es un lugar con mesas y sillas precarias bajo algún techado más precario aún. A un costado una negra fritando pescado. En el de El Supí ni fritanga había. Ya que lo menciono, consignaré aquí que fritanga y sancocho son, en Colombia, dos comidas muy comunes y perfectamente respetables. Nada que ver con el significado que damos a estas palabrejas en nuestro país. Yo, para variar, pasé el día amargado por los problemas mecánicos. A la mañana siguiente volvimos a Coro con la intención de cambiar cheques, para encontrarnos con un feriado bancario. No se porqué cambiamos tan poco dinero en Maracaibo. Casi sin dinero continuamos hasta aquí, Parque Nacional de Morrocoy. Que es un parque constituido por muchas islas de coral. El auto queda en el embarcadero, suponemos que bien custodiado, y una lancha te lleva a alguna de las islas para pasarte a buscar el día y la hora que quieras. Elegimos Boca Seca luego de consultar a otros turistas y a nuestra billetera. Aunque el transporte es baratísimo nos quedan sólo seiscientos bolívares para llegar a Caracas. Boca Seca es bien pequeña: desde nuestra ubicación vemos ambas costas. Hay algunas palmeras, muchos mangles, y el infaltable "restaurante" que atiende una negrita al medio día. Luego se marcha. Nos alojamos en nuestra carpita bajo un árbol, que no sabemos que será pero es el único de la isla. También hemos traído la hamaca por lo que estamos muy cómodos.Pero lo principal aquí es el mar con el agua cristalina y los pececitos de colores a nuestro alrededor. Como en las películas, pero mejor, pues los actores somos nosotros. Ayer compartimos un plato de pescado y plátanos fritos ya que no había money para dos. Ya nos hemos comido y tomado todo lo que trajimos, así que espero que más tarde llegue la lancha, según lo pactado.

 

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18/agosto/1990 - En el Parque Nacional Tarapoto, cerca de Caracas. Hoy, luego de extraviarnos varias veces en los distribuidores de Av. Boyacá que es la autopista de la parte alta de Caracas llegamos aquí. Bajo un quincho hemos colgado la hamaca, el furgón esta a la vista. Vemos y tocamos la vegetación selvática, el arroyo, las mariposas. Estamos plenamente contentos, suponemos que el auto dejará de inquietarnos e imaginamos nuestro regreso por Brasil, que es nuestro nuevo proyecto. Vuelvo al relato, desde Morrocoy. El 15, luego de recogernos la lancha, dormimos en el embarcadero. En ayunas. Lo único comestible que había en nuestra casa con ruedas era un poco de arroz, que no podíamos cocinar, si dentro por el calor, si fuera por los mosquitos. El jueves, famélicos compramos pan y aguacate (palta) cerca de Los Teques. (nos acordamos de Mimí y Jorge, ya que su perra Luma tiene abuelos por aquí). Al rato, tirón más, tirón menos llegamos por autopista a la impactante Caracas, con sus torres y autopistas. A pesar de intercambiadores, calles y avenidas laberínticas llegamos sin extravíos a casa de los Landwerh, los alemanes que conocimos en Cartagena. Fuimos muy bien recibidos, con invitación a utilizar un cuarto, que rechazamos. Pero aceptamos el baño ¡agua caliente! Y la cena, que compartimos con otro matrimonio alemán. Poco conversamos, ya que a excepción del hijo menor todos hablaban con dificultad el castellano. Aún así, el amigo de los Landwerh nos aportó su conocimiento sobre la ruta por el Amazonas. Sabemos que donde no haya caminos, o sea intransitable, encontraremos balsas. Todos tomamos mucho, aunque los alemanes nos ganaron ampliamente, y nos fuimos a dormir como príncipes (limpios) en nuestro furgui, en la entrada cochera. Hans e Ingrid (¿cómo pueden llamarse dos alemanes?) son la mar de amables. El viernes 17 fuimos al taller del mecánico de confianza de Hans, un tal Traubeck que nos dijo que había que rectificar, y que esto costaba: ¡novecientos dólares! Muy amargados, al borde del llanto, nos fuimos al CCCT, o Centro Comercial Ciudad Tamanaco, a conseguir más traveller cheques, ya que nos quedaban muy poquitos. El Tamanaco es inmenso, justifica su nombre de ciudad. En minutos conseguimos novecientos dólares en cheques de AmEx. En el correo (Ipostel) la gordita que atiende resultó propietaria de un VW y nos recomendó un taller. Gracias Marilú. Fuimos. Misma tarea, u$s 600, quizá menos. En el taller conversé con otro cliente, que me indicó otro taller en el extremo opuesto de la ciudad. Otra vez en marcha. El taller nos gustó, y también el precio, u$s 340, así que el lunes haremos el trabajo. Aunque nos dijeron que con vibración y ruido, con el cigüeñal golpeando podemos, si queremos, volver hasta Argentina. Para festejar la decisión, y el buen precio, volvimos al Tamanaco, compramos comida en el supermercado Cada, tomamos cerveza en el Lobster bar (elegante) y comimos (pizza, como siempre) en un restaurante muy bueno, las pastas se veían excelentes. Caracas hasta ahora nos ha gustado mucho. Hay que destacar que el tránsito es tan intenso que ni por las autopistas se puede andar rápido. Seguramente se debe al precio de la gasolina. Los cincuenta litros de nuestro tanque no cuestan ni u$s 3.00. Creo que el agua mineral es más cara. Los surtidores tienen cinco botones: el primero sirve gasolina común, el segundo 2/3 común un tercio extra, el tercero mitad y mitad, el cuarto 1/3 común y 2/3 extra, el último gasolina extra. Es un sistema práctico, aunque desde ya que lo mejor es el precio ridículo. Mañana descansaremos todo el día, y el lunes, al taller.

 

23/agosto/1990 - El Junquito, Caracas. Día jueves. El domingo pasado regresamos a Caracas, apolillamos en lo de los Landwerh. Lunes temprano estuvimos en el taller, y allí quedó nuestro furgui. Con el hijo del dueño buscamos hotel en las cercanías. Así nos ubicamos en el hotel y restaurante Imperio, en el barrio Paraíso. El imperio es un hotel típico de Caracas, y de las ciudades grandes de Venezuela. Bien puesto, aire acondicionado, baño privado, televisor con un canal porno. Hay restaurante y boliche bailable. Son como una estación de servicios, pero para parejas; cena, baile y cama todo en el mismo lugar. Costo u$s 7.00. La idea, hay que reconocerlo, es muy práctica. Ya instalados, tomamos el metro al centro. Eso sí que es un subterráneo. Estaciones amplias, máquinas que despachan boletos, otras que dan cambio. Tanto la estación como el tren tienen aire acondicionado. El tren, ultramoderno, de líneas aerodinámicas. El boleto (tarjeta magnetizada, como en Santiago de Chile) cuesta según el recorrido. Así que cuando uno entra lo pone en el molinete y el molinete lo devuelve, y a la salida el molinete se lo queda, verificado que sea el importe. Fuimos a la embajada de Brasil, donde nos atendieron muy bien pero tienen poca información sobre nuestra ruta. Como los lunes todos los museos y cosas parecidas cierran, volvimos al centro, donde revelamos fotos y caminamos. Sufrí un nuevo intento de robo por un carterista, sin éxito. ¿Tendré cara de tonto que siempre me eligen? Quiero creer que todo es a causa de mis bolsillos grandes y abiertos, tentadores. Gloria habló por teléfono a Trelew. Sorpresa, la licencia sin sueldo que había pedido, fue otorgada, cosa que no sabíamos porque nos fuimos de allá sin preguntar. Deberemos estar allá el 15 de Octubre para que alguno de los dos tenga trabajo. Como sólo faltan dos meses, el regreso deberá ser algo rápido. Volvimos al hotel, yo pasé previamente por el taller, justo a tiempo para ver el motor completamente desarmado, en camino a la rectificadora. Entre martes y miércoles hicimos otros paseos. Al parque Los Chorros, pequeño pero con bonita cascada y vista de la ciudad. Al museo de Bolívar, que no es gran cosa. Al Mausoleo Nacional, donde se supone estan los próceres venezolanos, pero resulta que faltan varios. Al menos está Simón Bolívar. Llegamos allí justo para el cambio de guardia, ceremonia emocionante si se piensa que allí está el origen de todos nuestros países. Hay también interesantes pinturas. Por la tarde del martes el motor ya estaba armado y hasta con una mano de pintura. El miércoles nos entregaron el auto. Entre miércoles y jueves nos despedimos de los Landwerh, compramos una hamaca (aquí la llaman chinchorro) y un mosquitero, pensando en el Amazonas, compramos garrafas del calentador y recargamos una garrafa de la cocina. También, la noche del miércoles, fuimos a cenar con el padre de mi colega Guillermo Asuaje, que vive aquí, en Caracas. Un tipo muy simpático, que nos convidó con muy buen asado en un restaurante de calidad. Finalmente, tanto por probar el auto como porque nos hecharon del hotel Imperio, subimos hasta aquí. El hotel es el Himalaya, otro cene-baile-coja todo junto. Lo notable de éste es que por la ventana de frente se ve, muy abajo el mar. Desde el lado opuesto, el baño, se vé, más cercana, pero también hacia abajo, Caracas. Mañana, para bien o para mal, habremos iniciado el regreso. ¿Cómo nos irá? ¿Qué nos esperará en nuestro país? ¿Podremos cruzar por el Amazonas? No se pierda el próximo capítulo.

 

26/agosto/1990  - El Dorado, al sur de Venezuela, domingo. El viernes pasado abandonamos Caracas, y por lindos caminos llegamos a las playas del este venezolano. Nos instalamos en Playa Colorada, de arenas rojizas. Lugar bonito, muy concurrido como único defecto. Por la noche nos molestó todo el tiempo el ruido de un generador. El sábado tomamos por primera vez franco rumbo sur, lo que nos hizo meditar que ya estábamos de regreso. La ruta, aburrida en general. Sin embargo hay algunos lugares de interés: el famoso río Orinoco por un lado y Ciudad Guyana por otro. Ciudad Guyana tiene dos bonitos parques. Uno, el parque Cachamay, con un río con rápidos donde el agua parece cerveza. Compramos collares de semillas a unos indios. El otro parque es "La Llovizna" con muchos saltos, flores y plantas pero demasiado civilizado: senderos de hormigón, quinchos, bancos, etc., demasiados. Finalmente llegamos a Ciudad Bolívar, con bonita costanera donde estaban de fiesta: muchos puestos, gente, bebida. Estuvimos largo rato en el aeropuerto investigando como ir al Salto Angel, el más alto del mundo. Pero es una excursión cara. Entre avión, lancha, hotelería en la selva y guías, cuesta un mínimo de doscientos dólares por persona. Allí conocimos a Hans y Birgit, dos austríacos muy simpáticos que estaban en averiguaciones parecidas y a los que también les parecía cara la excursión. Veo que no somos los únicos amarretes. Luego de unas cuantas vueltas para encontrar alojamiento, nos resultó agradable un inmenso "telo" en la entrada de la ciudad, con aire acondicionado pero sin tele. Hoy el camino cambió notablemente, nos internamos otra vez en la selva. El pueblito de Tumeremo cargamos gasolina y nos refrescamos tomando algo, para continuar luego hasta aquí, el Dorado. El Dorado es un desagradable pueblo minero, con caras sospechosas y nada para ver o hacer. Nos hemos refugiado en el hotelucho El Dorado (el mejor) con baño privado pero sin agua corriente (gran pipote y jarra como reemplazo) más o menos limpio y con estacionamiento. Hace calor, tenemos un ventilador. Ya estamos cerca de la frontera.

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