EstuvimoS

Las personas no hacen el viaje, el viaje hace a las personas

Brasil

28 /agosto/1990 - ¡Sorpresa! Aún incrédulos, estamos en Boa Vista, Brasil. Ayer dejamos El Dorado y al rato subimos "La escalera" nombre que recibe la ruta por ser algo empinada. Apenas se termina la subida uno se interna en la Gran Sabana. La Gran Sabana resultó ser un lugar fresco y muy bonito, realmente bonito. Ondulaciones tapizadas de pastos, con islas de palmeras o palmeras solitarias. Ríos de color oscuro con aguas transparentes. Rápidos y cascadas. A lo lejos, "tepuyes" (supongo que así es el plural de tepuy) es decir colinas de cima perfectamente plana. Toda la zona es un gigantesco parque nacional, una belleza. Quizá uno de los paisajes más "simpáticos" que hayamos visto. Hicimos un alto en la cascada de Kama-Merú, muy linda. Conversamos con algunos venezolanos turistas, entre ellos un tal Jhonnie con una kombi torpemente arreglada para camping. Al mediodía llegamos finalmente a Santa Elena de Uairén, un pueblito de frontera tranquilo y agradable. Todo cerrado hasta las tres de la tarde, gasolinera incluída. Buscamos información acerca de nuestras próximas etapas. Unos nos dicen imposible pasar, otros que pasaremos sólo hasta Boa Vista, luego imposible. Otros dicen que no tendremos problemas. Fuimos al correo, compramos aceite al ridículo precio venezolano, dimos vueltas varias por el pueblito.

Nos encontramos con los austríacos Birgit y Hans, que llegaron desde Ciudad Bolívar en avión. Decididos a cruzar la frontera llegamos hasta el puesto militar, donde nos dicen que no hay nadie en la aduana. Volvemos, (son pocos kilómetros) y buscamos al aduanero Don Noel Rojas, al que luego de paciente investigación encontramos en su casa. A la vuelta, los militares nos piden los papeles. Nos sellan el pasaporte y ... ¡Brasil!.

 

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En la aduana brasilera nos dicen que pasaremos hasta Boa Vista, pero con dificultades. El pueblito de La Línea es aún más interesante que Santa Elena. Arreglamos para dormir con la policía, pero a la tardecita el único policía se fue a su casa y nos quedamos custodiando nosotros. Lo que no nos quitó el sueño. Hoy partimos de noche con la sensación de internarnos en una aventura. Nos dá cierta seguridad saber que más tarde pasará el omnibus. Claro que el ómnibus que hace esta ruta es especial, tiene ruedas altísimas. Hacemos unos cuarenta kilómetros duros, sin barro, sin problemas. De pronto llegamos a un zanjón con barro, impasable. Al costado había un desvío de difícil ejecución, también con mucho barro, pero milagrosmente pasamos al primer intento. De alli en más la ruta desmejora, encontramos huellas muy profundas, pero como la última lluvia fue hace dos días, las ruedas encuentran donde afirmarse. De pronto vemos doscientos metros de barro y agua. La parte que parece más firme tiene huellas profundísimas. Nos zambullimos con decisión y a los panzasos casi llegamos al final, pero el furgón se nos cruza y quedamos atravesados sobre la huella, tres ruedas en el aire. Con Glo al volante empujo y, en un momento el auto se acomoda y podemos seguir. El camino mejora un poco. Hay un campesino haciendo dedo. Lo cargamos, no por bondadosos, sino para contar con otras manos si son necesarias. Ahora aparece un pozo del tamaño del furgón y nos tiramos adentro como veníamos. Gran golpe, y las ruedas delanteras alcanzan a subir. Pala, piedras y yuyos en las traseras: salimos. Desde allí cada vez mejor, por momentos excelente camino. En alguno de los golpes nos quedamos sin velocímetro ni cuenta kilómetros. Como a mediodía llegamos aquí, en un "record" de seis horas para esos pocos kilómetros. Hemos cambiado algunos cheques y nos hemos instalado a orillas del río Caaumé, no es un camping pero parece un lugar tranquilo para dormir. Por lo pronto el agua esta muy agradable, aunque el río es correntoso.

 

30/agosto/1990 - Desde ayer en Caracaraí, en las márgenes del Río Branco. Ayer llegamos aquí, por camino bueno, en parte asfaltado. La noche en el río Caaumé fue buena, descansamos muy bien y limpios gracias al baño con jabón en el río. Vimos, a la noche, en la orilla, una ceremonia religiosa, muchas velas prendidas y abundante "cerveja". Por la mañana, antes de partir, encontré una vela olvidada, la traemos de recuerdo. A poco de llegar aquí, se resuelven nuestras dudas con respecto al camino a Manaos: no lo hay, o mejor dicho es intransitable para nosotros. Pero hay abundancia de balsas por lo que será fácil llegar a nuestro próximo objetivo. Nos piden 25.000 cruzados por el espacio en la balsa, pero finalmente arreglamos con un camionero para ir sobre su camión, por 5.000 cruzados. Unos sesenta dólares. Nuestra imagen cómica es: nosotros sobre el furgón, el furgón sobre el camión, el camión sobre la balsa y la balsa sobre el río. Mientras negociábamos llegó un Ford Bronco con patente de California. En perfecto rosarino escuchamos: ¿Esta es la cola para la balsa? Resultó un gringo educado en Rosario, con un amigo argentino. Por la tarde hicimos un "rodeo de carretas" como en las películas del oeste con la Bronco, nuestro VW y un viejo camioncito Ford brasilero. Gary y Victor (los de la Bronco) arreglaron para viajar también en nuestro camión, pero hoy por la mañana partieron a intentar la ruta, acompañados por el camioncito. Como ya son las cuatro de la tarde y no han vuelto, deduzco que están en camino. Por nuestra parte el día se nos ha pasado volando pues hemos conversado muchísimo con Jochen, un alemán muy agradable que viene desde Ushuaia en bici. Hace un rato partió hacia Boa Vista, ilusionado con el clima fresco que le prometimos en la Gran Sabana. Se supone que nuestra balsa llega hoy, veremos. Por lo pronto el lugar en que acampamos, próximo a la estación de servicio, no es muy lindo. Además el baño de la gasolinería es sólo para audaces. Cuanto antes partamos, "melhor". Agrego: nada hay para ver en Caracaraí, que es sólo el puerto de Boa Vista.

Terza feira, alias martes. Navegando el Río negro desde hace un rato. Finalmente el domingo por la tarde embarcamos. El sábado subimos el furgón al camión, mediante el expediente de subirlo primero al camión de Mineiro, que es para autos, y de allí al de Paulista, que es el playo que nos lleva. Gaúcho, el otro camionero del grupo miraba. El domingo por la tarde, con gran alegría, estuvimos sobre la balsa, que no es una sino dos. Vamos en la primer balsa Paulista (nosotros), Mineiro y tres semirremolques sin tractor, por lo que nos sobra espacio para colgar redes, ropa lavada y hacer sociedad. En la balsa siguiente viaja Gaúcho, otro camionero más, otro camión y ocho semirremolques, con lo que apenas se puede caminar. Al final va el remolcador, que en realidad es un empujador. Por la tarde del domingo sólo navegamos unos metros y atracamos a pasar la noche. A las 10.00 horas, ayer, partimos. Navegar resultó muy placentero, aún el calor del mediodía resulta aliviado por la brisa de la navegación. La navegación nocturna, con luna llena, es hermosa. De a poco nos vamos integrando a la sociedad de nuestra isla móvil. Paulista viaja con mulher y tres nietos. Gaúcho canta en italiano: es una bestia: rubio, melenudo y como de dos metros de alto. Mineiro, un morocho simplón y putañero se ha dejado convencer por otro camionero de no tomar más. Espero por su bien que le dure poco. Al otro camionero lo hemos bautizado "deus falou" ya que mientras catequizaba a Mineiro su frase favorita era "deus falou para mim". Hacia el remolcador, entre, o más bien bajo los semi también hay vida. Probablemente haya más vida al final del viaje, al menos futuras vidas, ya que se trata de algunos morochas que van de paseo (según ellas) y son chicas muy dadas, no precisamente a la devoción. Por la noche nos detuvimos algunas horas. Llovió. Hoy el sol nos recalienta nuevamente. Vamos por un brazo estrecho del Río Branco, con lo que corrijo lo escrito al comienzo, donde puse Río negro. La cercanía con la costa nos permite ver ranchos y casitas rodeadas por un pequeño terreno ganado a la selva. Hemos comido anoche y hoy la comida de a bordo, gentilmente invitados por la tripulación. Todo será precario, pero hay que presentarse en camisa o remera. Según parece la comida es siempre igual: carne con arroz, macaroni, porotos negros y fariña. Lo que cambia es la carne: buey o pollo. El loco de gaúcho nos hace de "chuvero" o sea que nos zampa sucesivos baldazos de agua extraídos del río para bañarnos. Al venezolano parlanchín lo bañé sin su consentimiento ni previo aviso, nos reímos bastante. He instalado un baño que consiste en un cordino atado a la baranda del camión. Esto permite agacharse y sacar el culo por la borda sin riesgo (no hay baranda alguna) de ir a visitar a las pirañas. En resumen esta es, quizá, una de las etapas placenteras (más placenteras debe leerse) del viaje. Todo consiste en dejarse estar y mirar el paisaje. Me gustaría saber reflejar la belleza de lo que estamos viendo y viviendo, básicamente el cielo reflejado en las aguas aparentemente quietas del río, y la selva que se "cae" al agua. Pero no sé como.

 

10/setiembre/1990 - Navegando el Amazonas, entre Santarem y Belem. Releo lo escrito el cuatro, en esta misma hoja y no puedo menos que sonreir. Las aguas quietas dejaron de serlo y el remolcador se soltó. Las dos balsas continuamos viaje hacia la costa, y amarradas nuevamente, hubo que retroceder para retomar el cauce del río. Al día siguiente sin novedad, linda navegación. Ya casi al anochecer entramos bajo una nube densa y se desató el temporal. Esta vez nada se soltó. Pero el motor se averió ("pifó"). Entre arranques y paradas del motor derivamos hasta la costa opuesta. A pedido del capitán los camiones encendieron sus motores y sus luces y ya de noche nos preparamos para embestir la costa. Donde suave y elásticamente nos recibió la selva, contra la que amarramos. Dentro del susto, tenía su atractivo la escena, a la luz de los camiones, y con el potente reflector del empujador allá atrás. Pasados los nervios, todos a dormir. Nos despertamos otra vez en marcha, entramos al río Negro, que se merece su nombre, y a las 11.00 pisamos la mítica Manaos. Claro que ambos atacados por unos cólicos terribles, producto seguro de la comida a bordo. Dolor más, dolor menos, logramos bajar el auto en un desnivel de tierra y seguir a Gaúcho y Mineiro hasta el puerto de CEASA, donde supuestamente encontraríamos camión y balsa hacia Belem. En el camino, en Posto 5 compramos algo para nuestra descompostura. Terminamos en el posto de gasolina cercano al puerto, plagado de camioneros, pero todos con destino a Porto Velho. El lugar es espantoso, no hay ni baño ni sombra. El calor es horroroso, los dolores continúan, felizmente ya no nos queda nada que nos obligue a ir al inexistente baño. Aunque el lugar no parece nada seguro, nos dormimos con todo abierto, completamente agotados. El jueves seis recorremos el centro de la ciudad, pero poco, pues no tenemos fuerza. Vemos la famosa ópera, pero no entramos. El puerto flotante y la catedral. Por allí tomamos unos sucos. El centro no nos resultó interesante, la ciudad en su conjunto lo es un poco más. Está asentada sobre numerosas colinas, separadas por unos cañadones húmedos, donde, por supuesto, viven los pobres, en unos ranchos de madera sobre palafitos o postes. Por la tarde recorremos algunas navieras. Costo del furgón sobre la balsa: u$s 500. También tenemos la oferta de un camionero, u$s 300. Ninguna nos gusta. No hay balsa, asi que no nos urge decidir. Viernes 7, día de la independencia, feriado, nada que hacer. Nos vamos a Praia Dourada, donde nos cobran hasta por respirar, pero podemos bañarnos en el río y ducharnos en los baños. A pesar de esta comodidad hemos pasado el día preocupados. Orinamos oscuro, tenemos los ojos amarillentos, dolores y decaimiento lo que no nos deja muchas dudas: el fantasma de la hepatitis nos ronda por la mente. Por la tardecita, ya de regreso, Gaúcho nos ofrece llevarnos gratis a Porto Velho. Saldrá el lunes, y como nuestro tiempo se está comenzando a agotar, considero seriamente su generosa oferta. A Porto Velho, fuera de nuestra ruta proyectada, hay ocho días de navegación, pues es corriente arriba. Por la mañana del sábado, repentinamente, todo se pone en movimiento. Gaúcho saldrá por la tarde en vez del lunes. Garoto ( el de los u$s 300) aparece y dice que por u$s 250 nos lleva, a mediodía. Nos ponemos en marcha enseguida. Compramos comida y nos dirigimos raudamente al muelle de Jonasa, cerca de Ponta Negra, el otro extremo de la ciudad. Vamos apurados pues queremos llegar antes que Garoto, (que en realidad se llama Ademilson, creo) para negociar con algún otro camionero. Pero el furgón nos hace otra de sus bromas acostumbradas, y se corta el cable del acelerador, perdón, el embrague. Así que continuamos en segunda, a veces en tercera, apagando el motor cuando algún semáforo nos obliga a detenernos. Finalmente llegamos junto con Garoto, para descubrir que la balsa es de Bertolini, una naviera integrada, con camiones propios, por lo que no habrá otras ofertas. Nos resignamos al precio de Garoto-Ademilson. La maniobra para subir el furgui al camión (en el mismo lugar donde nos bajamos del camión de Paulista) resultó agotadora sin embrague, con sol de mediodía. Además, el piso del camión se rompió, por aquello del adagio latino: " Bombonem et kombis equalitur non sum". Pavadas aparte, hubo que desencajar la rueda. Pero aquí estamos, a bordo de la balsa "Rainha de Altamira", muy grande, propulsada por el empujador "Comandante Eugenio Bertolini".

Desde anteayer a las 17.00 navegando. Primero por el Negro y al rato ya por el Amazonas. Todo el día tirados en nuestras hamacas, que cuelgan bajo uno de los 25 semi-remolques de Bertolini que viajan aquí, a más de Garoto con nosotros encima, un camión cisterna y un jeep. La balsa es enorme y estable, hecha sobre el casco de un buque. El empujador es de madera, con su diesel infatigable, que nos propulsa día y noche. A diferencia de la otra balsa todo aquí esta limpio y ordenado. Hay, oh alegría, un buen baño con ducha. Por la noche navegamos entre los bichos de luz y vemos pasar infinidad de otros barcos, barquitos, barcuchos y balsas. Un espectáculo hermoso, sobre todo desde el puente de mando. Como no hay luna hasta la madrugada, las estrellas se destacan contra un cielo negrísimo. Todo esto lo vivo a cada rato, pues duermo en mi red (hamaca) bajo el semorremolque, arropado, crease o no, en la bolsa de dormir, pues las noches son muy frescas a bordo. Hoy lunes, ya estamos por cumplir 48 horas de navegación. Hace un rato hemos dejado atrás Santarem, en la confluencia del Tapajós con el Amazonas. Parecía una ciudad pequeña pero bonita. Según me dicen, Tapajós arriba hay oro, e impera la ley del revólver. Mañana o pasado, no se bien cuando, cruzaremos los estrechos y saldremos a aguas abiertas, la bahía de Marajó, que según Ademilson no suele ser una navegación tranquila.

 

21/setiembre/1990 - Sexta feira, entrando a Salvador. Muchos días sin escribir. Continúo donde abandoné. El resto de la navegación incluyó, como no podía ser de otra forma, una avería del motor del empujador, lo que prolongó en viaje en casi un día entre reparación y espera de mareas. El gordito mecánico de abordo resultó bueno en lo suyo y cambió un engranaje de transmisión eficazmente, para lo que tuvo que fabricar una herramienta. El resto de la navegación fue excelente, incluyendo la bahía, tan temida. Esperamos la marea adecuada amarrados a un caserío en la boca, y por la madrugada de nuestro quinto día en las aguas del Amazonas, la radio, luego del "atento empurrador da Bertolini" que escuché entredormido, la radio, decía, nos comunicó que podíamos entrar a la bahía y así lo hicimos. A las 14.00 hs,estábamos en puerto, pero hubo que esperar hasta las 17.00, hora en que la marea nos niveló con el muelle. Descargamos el furgui con la ayuda de unos peligrosos tablones. Garoto se despidió y nosotros, sin embrague, rumbeamos hacia el centro. Hartos de inconvenientes con el manejo aterrizamos en una estación de servicio y allí dormimos, con muchísimo calor. Por la mañana emprendimos la búsqueda de mecánico y repuestos. No sólo hubo que cambiar el cable sino también el conducto, que estaba "entupido" (aplastado). Resumen; toda la mañana perdida. De todas formas hicimos un breve city-tour por Belem (pronúnciese Belei). Muy bonita la plaza de la República, y agradable toda la ciudad en general. Compramos artesanías con dientes de boto (el pez más grande del Amazonas, un delfín que sigue a los barcos que llevan mujeres mestruando, según la tradición) cerámica marajó y la guía Quatro Rodas. Por la tarde nos pusimos en marcha y dormimos en un "posto" de gasolina, sin imaginarnos que eso resultaría nuestro modo de dormir más frecuente en Brasil. El sábado hicimos muchos kilómetros, pasamos Teresinha de noche (nada que ver) y dormimos en otro posto. El domingo visitamos el Parque Nacional Sete Cidades, con curiosas formaciones de roca y pinturas rupestres de origen inexplicado. Luego el desierto, un calor bárbaro, y el motor a los tirones, hasta que llegamos a Tinguá, sobre una serranía, mucho más fresco. Descubrimos que llevando la tapa del motor abierta no hay más tirones, así que así viajamos ahora. Bajamos nuevamente al desierto, y a la tardecita llegamos a otro posto en los alrededores del Fortaleza, ciudad moderna. Vimos las playas, pero no nos bañamos a causa del gran viento que soplaba. Playas amplias, linda arena y aguas claras, una lástima no bañarse. Luego de cambiar el aceite partimos al mediodía. Llegamos hasta Mossoró ( no entramos) y pasamos la tarde en el cercano pueblito Majorlandia. Playa de oleaje fuerte, pudimos ver la llegada de las "jangadas" de pescadores. Una jangada es una embarcación plana, a vela, como una tabla de wind-surf pero para varios. Los pescadores las suben a la playa con ayuda de troncos, en una verdadera operación comunitaria. De allí partimos para hacer unos kilómetros más, antes de dormir en un posto en algún lugar de nombre ignorado. Nuestra siguiente parada fue Natal, pueblo bonito, donde visitamos el Forte dos Reis Magos, clásica construcción colonial, poca diferencia entre el estilo portugués y el español en cuanto a arquitectura militar. En Natal descubrimos que los campings brasileros son carísimos, por lo que huímos nuevamente a la ruta. Esa noche aterrizamos en la Ilha de Itamaracá , donde según la propaganda veraneaba Adán y Eva. Cuestión que me pareció una exageración. A falta de lugar gratuito, dormimos en una pousadinha. Por la mañana visitamos el fuerte de Orange, de origen holandés, deteriorado pero interesante. Por allí encontramos a Pedro, un argentino que lleva catorce años en Brasil. Artesano, conversador, nos quedamos con él hasta mediodía, tiempo en que nos mostró su casa en construcción, en medio del "mato" con vertiente, ciénaga de arena de verdad y muchos cocos de los cuales comimos y bebimos. Viajamos toda la tarde y dormimos en otro posto a la entrada de Maceió. Lugar que resultó, a la mañana siguiente con las playas más bonitas del nordeste. Luego de cambiar cheques, nos instalamos en la playa de la Barra de Sao Miguel, de aguas transparentes y pescaditos confianzudos. Partimos de allí a eso de las 15.00, con la intención de visitar Marechal Deodoro, pero no lo encontramos, así que por la noche dormimos en el posto de Aracajú. Hoy por la mañana entramos a Aracajú en medio de fortísima lluvia. Las playas ni fu ni fa. Con lluvias intermitentes y pésima ruta, cruzando una campiña encantadora, hemos llegado hasta este posto a las puertas de Bahía (Salvador). Ya bañados y cenados nos estamos acomodando para dormir. Tenemos la gran intriga de cómo será la famosa Salvador, la de Doña Flor y sus dos maridos. En fin. A dormir.

 

24/setiembre/1990 - Ilheús. En muchos sentidos, uno de los mejores lugares de los que nos hemos quedado en Brasil. Continuando con los hechos en orden, vuelvo al 21, digo 22. La mañana del 22, luego de algunos extravíos encontramos el camping de Itapaçu o algo así, donde decidimos quedarnos previa negociación, que redujo la tarifa de diez a cinco dólares. Ya bien instalados nos tomamos el ónibus (sin eme) que nos dejó cerca del centro, en la parte vieja pero no tanto de la ciudad. Por un ambiente extraño, plagado de comercios, tanto instalados como callejeros, con muchos pretos (negros) nos llegamos al ascensor Lacerda, algo así como el centro de la ciudad. El Lacerda es un grupo de ascensores públicos, necesarios porque la ciudad tiene dos niveles distintos (como ochenta metros de desnivel). Desde allí hay una excelente vista de la bahía. Caminamos hacia la Praça da Sé y desembocamos en otra plaza con artesanos, rodeada de iglesias cerradas. Por una callecita empedrada nos internamos en el Pelourinho, el barrio de Doña Flor, antiguo y deteriorado. Entramos a la iglesia de Rosario dos Pretos, con bonitos azulejos lusitanos e impactante pintura de cielorraso. Volvemos a la Praça de Sé con intención de visitar San Francisco. Como nuestro South America Handbook nos aconsejó volver a las 14.00 hs., nos tomamos el Lacerda y, 74 metros más abajo cruzamos el antiguo edificio del mercado modelo, hoy adaptado a la venta de artesanías. Artesanías a montones, infinitas, tantas que marean y confunden. En esto y unos "refrigerantes" se pasó el tiempo, y volvimos a San Francisco. Sólo en Perú hemos visto algo tan recargado. Los dorados aturden, es algo increíble. Volvemos al Pelourinho, visitamos Nossa Senhora de Carmo, con lujosa sala de reuniones. Ya es la hora de volver, y sin proponernoslo atravesamos el area de las putas, que por puertas y ventanas exhiben su mercadería, por cierto demasiado abundante para mi gusto. En la parada de ónibus conversamos con una parejita. La recordamos porque nos contaron que en algún lugar olvidado ya, hay un tobogán natural de roca en un río, y si uno se tira "no se machuca, no..." Vueltos al camping hubo baño y lavado de ropa, aprovechando las instalaciones. El veintitrés paseamos algo en auto, y visitamos Nosso Senhor do Bomfim, más que nada por lo famoso, ya que en realidad es sólo una iglesia más, y no de las mejores. Desde ya que compramos las ineludibles "fitinhas" de colores. Glo se puso una. Como al mediodía tomamos el ferry a Itaparica. No nos gustó: bonitas playas pero bloqueadas por los hoteles, condominios y afines. Al atardecer estábamos en un posto en algún lugar de nuestra ruta al sur. Hoy temprano superamos Itabuna y nos desviamos al bonito pueblo de Ilheús, que pensamos visitar mañana. Medio de casualidad continuamos hasta aquí, caserío de Olivença, donde encontramos este lindo camping que nos tentó a una escala imprevista. El camping se llama "Estancia das Fontes". Desde aquí vemos un appart hotel muy paquete de nombre Juliabá y el pueblito queda a quinientos metros. Hemos hecho mucha playa, excelente, con fortísimo oleaje y servicio de cocos gelados. Ya en el camping yo hice algunos arreglos eléctricos y limpieza de motor. Y Glo lavó ropa. Ya atardece. Lamentablemente mañana habrá que continuar.

 

4/octubre/1990 - ¡Puf! Cuanto tiempo sin escribir. De Ilheús fuimos a Vitoria con noche en un posto, para no perder la costumbre. Vitoria nos pareció agradable, cambiamos unos travellers, compramos alguna artesanía y caminamos por el centro. Antes de mediodía continuamos viaje bordeando playas poco interesantes para retomar BR-101 y dormimos en otro posto a un par de horas de Río. El veintiocho de octubre temprano cruzamos Niteroi (apestoso) y cruzamos el puente Tancredo Neves sobre la Bahía de Guanabara. Al rato estábamos preguntando en Marina Gloria si podíamos quedarnos en el estacionamiento, cosa que aceptaron inmediatamente. Así fue que conseguimos "camping" casi en pleno centro, zona elegante, lugar bacán, con veleros y cruceros. A nuestra disposición las instalaciones que incluyen de todo un poco. Linda confitería con precios razonables. Poco después estábamos caminando rumbo al Pao de Açucar por la playa, así que caminamos todo Flamengo y todo Botafogo hasta la estación del funicular. El Pan de Azúcar se merece la fama que tiene. Todo Río se ve desde allí y es curioso ver volar los aviones que salen del Dumont, pero desde arriba. Una experiencia memorable. Luego, en "ónibus", nos transportamos al centro, por el que paseamos un rato, para volver con los piés ampollados a nuestro querido furgón. Veintinueve de setiembre: por la mañana recorrimos con más detenimiento el centro. Además Glo quiso conocer el Maracaná, así que en parte en ónibus y en parte a pie llegamos hasta allí, para encontrarlo cerrado, por supuesto. Los sábados no abren...Vuelta al centro, visita a la catedral, alta, moderna, muy brasilera (a catedral mais grande do...) Una escala en Marina Gloria y visita a Copacabana, que nos pareció una playa más, sólo que famosísima. Tomé un suco de cacao, delicioso, casi tanto o más que los jugos de naranjilla de Ecuador. De allí cruzamos otra vez la ciudad en un loco ónibus que nos dejó próximos a la foresta de Tijuca. Otro loco ónibus nos dejó en la puerta de la foresta, que recorrimos un poco. Bonita la cascatinha de Taunay. Dos locos ónibus más nos dejaron, ya completamente agotados en nuestro camping. Treinta de setiembre: partimos. Ya de noche y con constante llovizna pasamos San Pablo y dormimos en un posto, unos ochenta kilómetros más allá, ya con franco rumbo hacia la patria. Primero de octubre: con lluvias y lloviznas pasamos Maringá y justo en el momento en que se desataba una lluvia terrible nos refugiamos, adivinen donde, en un posto. Dos de octubre: Llegamos por fin a Foz de Iguaçú. Entre San Pablo y Foz nada que ver, sólo manejar. Gran parte del día lo pasamos en las cataratas, admirables como siempre, y que Glo no conocía. En uno de los senderos nos topamos con un grupo de coatíes, de lo más simpáticos y confianzudos. Por la tardecita visitamos Ciudad del Este (ex puerto Stroessner). Paraguay, que no nos interesó pues no pensábamos comprar nada. Ya de noche cruzamos la frontera y paramos los "pieses" en suelo patrio, previo pago de una cifra disparatada, por giles, supongo. Además de soportar que nos robaran con el cambio, ya que carecíamos de australes (pesos). Mala fue la salida del país y mala fue la recepción, a pesar de que nos esperase la banda (de aduaneros ladrones). Buscamos camping, para descubrir que los de Iguazú son los más caros de América del Sur, por lo que esta vez, como excepción, dormimos en un posto, esta vez del A.C.A. Tres de octubre: peregrinaje para cambiar cheques de viajero, dos horas, y luego recorrido al Parque Nacional. Que con respecto a mi visita de hace diez años tiene como adelantos, si cabe la palabra, más servicios: botes aquí y allá, alquiler de bicis y otras yerbas, todo caro. Pasarelas, senderos y todo lo gratuito en proceso de deterioro. Por la tarde recorrimos el sendero de la selva, con bonita cascada y refrescante baño naturista al final de la senda. A la vuelta, siempre abriboca, casi piso una víbora de coral. Charlamos con un suizo que llevaba ruta inversa. En Perú lo robaron tres veces. Dormimos en el parque. Hoy visitamos las ruinas de San Ignacio y nos hemos instalado en este camping semi abandonado, que suponemos municipal. Mañana deberemos conseguir dinero via Diners, ya no tenemos nada. Nuestros fondos, así como nuestro viaje, ya se acaban. Quizá lo mejor que nos espera es el reencuentro con los seres queridos. La comida ya está lista, nos hemos bañado en el río a la puesta del sol. Todo lo bueno se acaba.

 

5/octubre/1990 - La Francia, próximos a Córdoba. Ayer conseguimos dinero en Corrientes, y, con lluvia llegamos a Goya o algo así a dormir en una estación de servicio. Hoy cruzamos Paraná y Santa Fe donde visitamos mi primer obra por no decir ópera prima, la fraccionadora de gas carbónico. Obvio es decir que no tengo ganas de escribir. Dentro de pocas horas, mañana, estaré con mis padres.

 

15/julio/1991 - Trelew, Chubut. Casi un año después del regreso, al completar el pasado en limpio de este diario de viaje, me tiento de escribir alguna clase de colofón. Diré que todo lo que aquí se dice es copia fiel del original. He corregido algunas frases, salvado los errores gruesos de ubicación o históricos y he agregado una o dos anécdotas que omití en su momento. Con respecto a las fotos, he omitido una veintena, las realmente malas. Reflexionando, este pasado en limpio ha sido una excelente forma de revivir todo el viaje. A pesar de tantas situaciones vividas en los ciento setenta días (algo así) de viaje, me parece que puedo recordarlo todo. Desde ya que volvería a hacer el viaje. En su momento se empañó un poco la alegria al tener que abandonar la idea de centro y norte américa, pero ahora pienso que esto ofrece el beneficio de una nueva ilusión de viaje. Tímidamente, pero con constancia, surge en nuestras conversaciones México, y a veces distantes lugares como Africa o Asia. Sé que no pasará mucho tiempo antes de que partamos nuevamente. Allá vamos.

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