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Las personas no hacen el viaje, el viaje hace a las personas

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Las Sierras de Comechingones ofrecen, entre muchas otras actividades, la oportunidad de magníficos vuelos en parapente. La forma más sencilla de acceder a esta aventura, es subir en auto desde la Villa de Merlo, por la ruta 5, conocida como Camino al Filo.

 

>Cómo Llegar - Qué llevar

Desde la Villa de Merlo, San Luis, por la ruta 5, o Camino al filo. Es la prolongación natural de la Avenida del Sol, paseo obligado para los turistas. El camino asciende por las sierras, todo un espectáculo. Sugerimos volar con Parapente Merlo, que es la segunda pista de despegue, en orden de subida. Para quienes llevan GPS en el auto, las coordenadas de la pista son 32º 22’ 8.22” S 64º 56’ 13.68”W Es conveniente reservar, los detalles se pueden encontrar en www.parapentemerlo.com.ar  Hay que llevar abrigo, aún en verano, pues el aire puede ser más frío que lo que supongamos. Protección solar, anteojos oscuros. Unos guantes no están de más.

 

Volando en parapente


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El vuelo en parapente es una experiencia especial. La belleza, la serenidad, el placer son palabras que vienen a la mente cuando se habla de esto de navegar por los aires colgado de unos cuantos hilitos, sostenidos por una vela y nada más. Pero de nada sirven las palabras: hay que despegar, aunque lo hagamos de simples pasajeros, y contemplar la vida desde allá arriba. Así que lo hemos hecho algunas veces, y hemos acompañado a los amigos en sus despegues, los hemos visto volar, y repetiremos nuestro encuentro con el viento y el vacío cuantas veces podamos. Desde la primera vez, nuestros vuelos acontecieron en las manos expertas de Juan Delgado, a quien vemos como un amigo. Desde la pista de Parapente Merlo parten los vuelos con Juan como piloto. A veces la espera es larga, y por ahí el viento deja de hacer su parte, así que uno matiza con mate la espera, aprovechando el sol,  que nunca falta en las Sierras de Comechingones. Llega el momento, nos ponemos el arnés de donde cuelga nuestro asiento, y Juan completa los preparativos. Escuchamos las instrucciones, que no son muchas ni difíciles, y esperamos que las mangas de la pista le digan a nuestro piloto que es el momento de correr. Corremos unos pocos metros, y lo seguimos haciendo cuando nuestros piés están en el aire, porque la transicion no es muy perceptible. Juan nos avisa para acomodarnos en el asiento, y estamos ya a varios metros del piso, disfrutando. No hay otro ruido que el viento y por momentos el altímetro, que pita con mas frecuencia cuanto más rápido subimos. El tiempo pasa volando (nunca más cierta la frase) y aunque hayamos volado casi media  hora, llega el momento del aterrizaje. Ya sea en la cumbre de las sierras, o en la pista que está al pié, casi en El Rincón, otra breve corrida y estamos en tierra. Yo acostumbro hacerlo mal, y generalmente quedo tirado, pero la mayoría queda en pié. Para mí es parte de la diversión. Otra diversión es ver a los amigos, sus despegues, y su cara de asombro y alegría al regreso. No todo tiene que ser placidez y relajación: una vez pedí a nuestro piloto hacer alguna acrobacia: el centrifugado hace que el parapente quede a nuestro nivel, si es que uno logra darse cuenta de dónde queda la horizontal. Otras maniobras son un poco menos espectaculares, pero todas hacen contemplar el Valle del Conlara en ángulos de lo más extraños.

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